Escribir es una actividad muy importante. Cuenta la leyenda bíblica que al pie de la cruz en que crucificaron a Cristo, Poncio Pilatos escribió algo y luego lo dijo tajantemente: Lo que está escrito, escrito está. Reconocimiento implícito de la importancia de la palabra escrita.
Luego, uno de los capítulos más interesantes del Quijote es aquel en el cual el caballero de la triste figura, en una conversación de sobremesa, en una venta donde había hallado posada, pronuncia su memorable discurso sobre las armas y las letras.
Escribir siempre ha sido muy importante, pero el escribir también tiene sus leyes, sus reglas y sus interioridades sus secretos. Mucho más si se trata de escribir algún libro, un ensayo o algo parecido.
Ante todo, un autor de saber escoger el tema y estar convencido de hacia dónde va, cuál camino seguir y a cuál destino final se propone llegar.
Por no tener estos requisitos resueltos de antemano, se da el caso desagradable de que se empiece a redactar y a poco andar, como reloj sin cuerda, se pierda el entusiasmo y el impulso inicial y la tarea se queda por mitad.
Escogido el tema y resueltos estos asuntos subjetivos, hay que solucionar otro problema, el uso del lenguaje apropiado al interés de comunicar e informar al lector. Por el uso de un lenguaje inapropiado o que no le resulte grato al lector puede ocurrir otro abandono, aquel que afecta a quien empieza a leer, y cuando trata de avanzar páginas adentro, se atasca en el barro pegajoso de una escritura pesada y de difícil asimilación, que no emociona ni entusiasma, y lo mismo que el escritor que abandona la tarea y deja la obra a medio talle, el lector cierre el volumen y postergue la lectura una y otra vez sin que encuentre la forma de volver sobre ella y terminarla.
No se escribe para uno, como el que habla para escucharse a sí mismo; sino para comunicarse con otros, y es en el lugar del otro en el que debe colocarse aquel que va redactando un texto. Con el agregado de que debe pensar en los lectores más ilustrados e informados, y también en aquellos que no tienen ese nivel de ilustración e información. Hay que saber conjugar la seriedad y el uso de un lenguaje bien cuidado y de calidad, con un estilo llano y ligero de redacción.
El otro ingrediente es el de la disposición al trabajo y la disciplina personal para llevarlo a cabo. A todos, en cualquier momento, nos asalta la pereza, el aburrimiento y el deseo de dejar para luego la tarea y esa sensación tentadora hay que vencerla, sobreponerse a ella y poner manos a la obra, aunque el último capítulo y el punto final nos parezcan lejanos. Escalón por escalón, paso a paso, golpe a golpe, párrafo a párrafo, para irnos acercando al punto al que necesitamos llegar.
Se escribe mejor cuando hay una inspiración que impulse al escritor, a veces esa inspiración no existe en la medida suficiente y entonces hay que contribuir a que aparezca y continuar.
Se discute acerca de la pregunta aquella de si el escritor nace o el escritor se hace. Tal vez en cada escritor haya de las dos cosas, la función hace el órgano suele decirse, se aprende a nada nadando, pero tengo para mí que para ser escritor se necesita vocación primero y lo demás lo da la práctica, empieza por esa tendencia natural que inspira a uno a escribir, pero es imposible un escritor sin ejercitarse en el oficio y hacerse en el trabajo. No está a mi alcance el decir la última palabra sobre esta discusión que se me parece a la del huevo y la gallina, pero entiendo que las dos cosas resultan indispensables, la vocación natural y el ejercicio.
No creo que tenga nada de extraordinario, pero ojalá sirva de algo hablar de mi experiencia personal, la de alguien que, con el perdón de la generosa opinión que me dispensa el camarada Manuel, si no alcanzó el rango de escritor, sí puede considerarse con un escribidor. No he escrito bueno, pero he escrito mucho. Y desde muy temprano en mi vida.
Parece que en mí hubo siempre alguna vocación a la escritura. Muy pocos saben, casi nunca lo he dicho, que mi primera publicación apareció en la sección deportiva de La Nación, uno de los periódicos de la dictadura de Trujillo. Esa sección la dirigía Cuchito Álvarez, don Mario Álvarez Dugan, por su nombre propio; y en un espacio de dicha sección llamado La Voz del Fanático, se publicaban cartas de los lectores. Tendría yo algunos diez años, era un fanático ardiente del béisbol, seguía asiduamente los juegos de la pelota profesional oyéndolos en un radio de pila seca, que había en casa del vecino más rico allá en mí tierra de origen.
Escribí una brevísima carta a La Voz del Fanático, en la cual preguntaba ingenuamente quién era mejor pelotero, si Alcibiades Colón, jardinero derecho del Licey o Miguel –Tiant- Tineo, jardinero central de Las Águilas Cibaeñas. Como consideraba aquello demasiado atrevido, no tuve el valor de firmarla con mi nombre propio, sino con el de un inventado Juan Pérez.
La deposité en la oficina de correos de Nagua, y aunque en esos tiempos el correo oficial era una vía infalible, para mí sorpresa, días después la publicaron y como pensé que nadie me lo creería, lleno de timidez, solo se lo dije a uno de mis amigos de la infancia. Bueno, hay opiniones, fue la diplomática respuesta que ofreció el cronista deportivo a mi pregunta.
Parece que los demás percibían más que yo aquella condición que tuve desde temprano. No era extraño que algún amigo de la adolescencia me buscara para que le redactara una carta de amor a una muchacha de mi campo. Súplicas de amor, protestas de admiración a la belleza femenina, juramentos de hacerla feliz si le correspondía y la promesa infaltable de una entrega incondicional de alma corazón y vida para siempre, a cambio de ese amor.
Ya en la militancia política que comenzó hace más de sesenta años, lo más común era que se me encargara de llevar las actas de las reuniones, o de hacer las síntesis de las discusiones, redactar algún documento o cualquier carta que se decidiera enviar. Yo lo asumía y lo cumplía, sin darme cuenta de que mis amigos y compañeros estaban reconociendo en mí algún atributo de escribidor que al paso del tiempo se fue afirmando y convirtiendo en hábito. Estos episodios anecdóticos, los traigo al discurso como forma de reforzar la opinión de que el escritor podrá cultivarse y perfeccionarse en el oficio, pero hay personas, hombres y mujeres, que vienen al mundo con la vocación de escribir en el espíritu, aunque tal vez no todo quien tenga la vocación la desarrolle y la cultive.
Que, si el escribir es arte o es oficio, tampoco tengo autoridad para dictar sentencia en esta otra controversia, porque en cuanto a lo que hago con la pluma en la mano no creo que llegue a la categoría de poder llamarse arte. El arte, aún el arte popular, es algo demasiado sublime como para que yo pretenda entrar a su dominio. Cuando escribo lo que hago simplemente es, un trabajo, eso que se define como la actividad racional del hombre dirigida a un fin concreto y útil. Claro, pongo pasión y sentimiento en ello, pero sin perder el sentido de las proporciones ni sobreestimar la calidad de lo que escribo. Hablo de mi caso, estrictamente.
Algo más. Escribir es un trabajo muy personal y de mucha soledad, el escritor y el texto son las dos relaciones decisivas en toda obra. Aunque se tiene entendido que se trata de una labor social, dirigida al público, el escribir es algo muy íntimo, muy personal y de mucha soledad. Al fin y al cabo, y así como el destinatario es el dueño de la carta, el libro desde que es puesto a circular, en cierta medida, pierde su origen, ya deja de ser monopolio exclusivo de quien lo escribió y pasa a ser del público lector, único que tiene el derecho a juzgar y decir la última palabra sobre toda obra publicada. Pero en el proceso de escribirla, quien la redacta juega el papel determinante. Él y su obra. En ella quedan sus ideas, sentimientos, pasiones y estados de ánimo y, además, como padre responsable, debe responder por las condiciones de su libro.
Por eso, tiene el deber de oír opiniones, hacer caso a sugerencias, críticas, todo lo que le diga aquel a quien el autor consulte, le pida opinión o le dé a conocer lo que va escribiendo. Quien escribe debe tener oído sensible para escuchar consejos, pero, al fin y al cabo, la decisión final siempre será suya. Es su libro, es su hijo y es su obligación responder por la calidad de su obra terminada.
Luego, solo y dispuesto a ejecutar la tarea, viene el proceso mismo de la escritura, de esa importante actividad que es escribir. He leído a algunos grandes escritores que aseguran que el escribir no es más que recopilar y organizar ideas y sentimientos para llevarlos a la palabra escrita. Ir ordenando mentalmente las ideas y sensaciones que vienen al cerebro y cuando esa cosecha de ideas y sensaciones está madura, se comienza a escribir y si se persiste en el propósito, el libro nace.
Con la curiosa circunstancia de que un libro nunca termina de escribirse. Al mismo autor cuando lo relee siempre le asaltará la creencia de que tal párrafo hubiese quedado mejor si se redactaba de otra manera, que hay otra palabra que debió usarse y no aquella que nosotros mismos pusimos en el papel y ya ha salido a la luz pública. Leí una vez que Gabriel García Márquez confesaba que no le gustaba leer sus propios libros porque al leerlo ahí mismo le entraban ganas de corregirlo.
Será por eso que un famoso escritor, el español asegura que los libros nunca terminan de escribirse, que a veces siguen escribiéndose y creciendo solos, y crecen de distintas formas y por diferentes causas. En cada reedición que se publica, en la cantidad de páginas que lo forman, en la imaginación del autor.
Porque como nada es estático ni definitivo, la mente del autor también evoluciona y la mente del que escribió la obra por vez primera, años después ha evolucionado y no suele ser la misma. Así de rico y complejo es ese asunto tan viejo y humano como el escribir, y es precisamente a esa labor discreta y personal a la cual tanto le debemos. Y así ha sido desde el principio de la existencia humana, porque me da la impresión de que desde sus más remotos orígenes el ser humano sintió la necesidad, el impulso espontáneo de usar la palabra escrita para expresarse, aunque fuera dibujando objetos y haciendo signos en las paredes rocosas de alguna cueva.
Y qué importante ha sido el escribir para el género humano. Qué hubiese sido de la humanidad, en cuáles condiciones viviría el hombre actual sin las escrituras antiguas que se han tenido a mano en ramas tan diversas de la actividad social.
Y pienso finalmente, que el escribir redobla su importancia cuando se trata del campo en el cual los que estamos en este salón nos movemos, el de la política, y como se ha repetido tantas veces, decir política es decir propaganda y, aunque no han faltado los que dicen que son más los convencidos de una razón política y los que se adhieren a un movimiento atraído por medio a la palabra hablada, que los que lo hacen merced a la palabra escrita, si algo demuestra la historia escrita de la sociedad, es la importancia vital de la teoría.
Tal vez esto daría pie a otra de esas discusiones bizantinas en que suelen a veces consumirse tantas energías. Pero, aún en el caso de que la palabra hablada fuera más efectiva que la palabra escrita y que son más importantes los grandes oradores que los grandes escritores, habría que preguntarse cómo anduviéramos nosotros, militantes comunistas en ejercicio, sin los textos escritos que han contribuido a nuestra propia formación. Lenin, entre todas sus virtudes tenía una, la de ser un formidable orador, pero nunca dejó de destacar la importancia del mensaje por vía de la palabra escrita, al periódico impreso, los volantes o las octavillas como solía decírseles a las hojas sueltas en esos tiempos, de los artículos en diversas publicaciones ajenas.
Esa actividad tan vieja que es la escritura tiene ahora el reto de seguir siendo importante aún en esta era del dominio de lo digital. Y colocado por los avances de la época ante tantas interrogantes que, para mí, con tantas limitaciones y atrasos, me resultan indescifrables, solo atino a asegurar que ningún avance tecnológico, por prodigioso que sea, podrá sustituir la sensación de sentarse a escribir lo que a uno le retoza en el cerebro y su resultado más alto, la conciencia; ni podrá reemplazar ese amor que se le va tomando al texto escrito con pasión y entrega; ni sustituir esa renovada emoción de recibir el libro impreso que acaba de salir de imprenta, con ese olor tan grato a la tinta fresca, parecido a la aroma del pan recién salido del horno.

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